Dinero de las piedras. La protección y rentabilización del Patrimonio Histórico en Tejas


Miguel Ángel López Trujillo
Universidad de Alcalá

Publicado originalmente en Sebastián Rascón Marqués
y Antonio Méndez Madariaga (eds.), Ciudad, arqueología
y desarrollo. La musealización de los yacimientos arqueológicos.
Actas del 1er. Congreso Internacional Ciudad, Arqueología
y Desarrollo. Alcalá de Henares, 27 al 29 de septiembre de 2000
,
Alcalá de Henares, 2000, pp. 247-256, (ISBN 84-95011-32-8).

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Para sus habitantes, Tejas es un lugar único y diferente del resto de los Estados Unidos. Gran parte de este orgullo proviene de la circunstancia de ser el estado más grande de la unión tras Alaska ("Everything is bigger in Texas", comentan con sorna los camareros locales cuando le sirven a uno una hamburguesa descomunal), y por haber sido allí donde nació el mito del cowboy, cuyo folklore es famoso en todo el mundo. Sin embargo, el orgullo de los tejanos por su tierra proviene también de su peculiar historia. Para empezar, Tejas había sido una nación independiente antes de incorporarse en 1846 a los Estados Unidos. De aquella etapa queda aún un vivo sentimiento "nacionalista" que hace que no sean pocos los tejanos que no se consideran "norteamericanos" y que no exhiben la bandera nacional al lado de la propia. Más vivo es aún el recuerdo de la guerra de independencia frente a Méjico (1835-36) y, en especial, de su episodio más glorioso: la batalla de El Álamo. El Álamo era una antigua misión franciscana española que debe su fama a que en 1836 unos doscientos rebeldes murieron heroicamente entre sus paredes defendiendo su puesto ante un ejército mejicano muy superior en número. No sólo los tejanos han venerado desde entonces el lugar como la "cuna" de su libertad, sino que gracias a una famosa película protagonizada por John Wayne también han conseguido que su pequeña "leyenda" sea reconocida universalmente. En resumen, sorprende sobremanera el gran interés y la pasión que se siente en Tejas hacia el pasado, máxime cuando a la gran mayoría de los norteamericanos no les tientan para nada los recovecos de la Historia. Baste recordar al caso aquella famosa frase que una vez pronunció todo un estadounidense de pro, el inventor y magnate del automóvil Henry Ford: "History is bunk" (la Historia es una tontería).

Pero la Historia dista mucho de ser una tontería para los tejanos. Y no sólo porque les ayuda a ser "diferentes" del resto de sus compatriotas sino porque también significa dinero. Véase sino la muestra: en 1992, una conocida revista norteamericana especializada en turismo, Condé Nast Traveler, clasificaba a San Antonio, una ciudad situada al sur del estado, como tercer destino turístico nacional de los norteamericanos tras Santa Fe (Nuevo Méjico) y San Francisco (California). Lo sorprendente es que Condé Nast Traveler también situaba a San Antonio como noveno destino turístico mundial, nada menos que entre París y Venecia.(1)

"¿Cómo que 'noveno' destino turístico del mundo?", protestaría sin duda más de un español, "¿y qué tiene San Antonio que la haga estar por encima de Toledo, Salamanca, Cáceres o -¿por qué no?- de Alcalá de Henares?". Ciertamente las comparaciones entre las villas complutense y tejana no pueden ser más odiosas porque poco puede ofrecer San Antonio (sus principales atracciones son El Álamo, las cuatro misiones de época colonial, el Palacio del Gobernador Español, la Villita y el Paseo del Río) frente a una Alcalá de Henares que, entre otras cosas, presume de ser cuna de Miguel de Cervantes, de albergar los edificios de la primera ciudad universitaria del mundo, de tener muchos bellos conventos y edificios religiosos aún en uso, y de estar repleta de yacimientos arqueológicos de una gran variedad de culturas.(2) Visto este panorama se podría argumentar que Condé Nast Traveler es una revista norteamericana y, claro, todos sabemos cuán limitada es la cultura general de los "yankis" y la facilidad que tienen para considerarse el centro del mundo. Cierto, pero este argumento se estrella con dos sorprendentes datos objetivos: a mediados de la década de los noventa San Antonio atraía una media de siete millones de visitantes anuales que generaban nada menos que tres mil millones de dólares anuales.(3) Así que por mucho que en España se desprecie gratuitamente a Norteamérica por ser un país "sin historia", no se puede sino sentir envidia hacia una ciudad que, con un patrimonio tan limitado, produce la friolera de 510.000 millones de pesetas anuales, un dinero que ya querría para sí un lugar con la solera de Alcalá.

Y es que el encanto de San Antonio han convertido a la urbe en un polo que atrae no sólo a turistas sino también a profesionales que organizan allí sus convenciones. El centro histórico, el ambiente hispano y una excelente red de equipamientos (hoteles, restaurantes, locales de ambiente nocturno y, especialmente, el palacio de congresos Henry B. González) han hecho de la organización de convenciones la tercera industria de San Antonio, tras las bases militares y el turismo. Como deja bien claro un estudio encargado en 1995 por los directores del palacio Henry B. González, el éxito de la ciudad es achacable, sobre todo, a la afortunada convergencia de unas infraestructuras de calidad y de un patrimonio cultural excelentemente conservado.


Visitors and residents delight in San Antonio's downtown area, with its retail operations, businesses, entertainment offerings, cultural/historial attractions and restaurants all within walking distance of one another and linked by the most exotic pedestrian environment in the Southwest - the River Walk. . . . Historic preservation is built into the culture of San Antonio, which has ratained an entertaining sequence of buildings from three centuries mixed with new buildings subjected to a high standard of design review. Many of San Antonio's attractions are unique and provide an ambiance that is difficult, if not impossible, to recreate elsewhere.(4)


La protección del Patrimonio Histórico es una actividad en la que los tejanos y los norteamericanos en general han tenido que ser autodidactas, ya que apenas han recibido la influencia de las experiencias europeas. A pesar de su lejanía de la situación española, la alta rentabilidad cultural y económica que ha alcanzado la protección del Patrimonio histórico en Tejas hacen necesario dar a conocer la esencia de su evolución, logros e ideas para, así, inspirar a países como el nuestro, que contarán con más y mejor patrimonio histórico pero que aún tanto tienen que avanzar en su gestión.(5)

Sorprendentemente, los inicios de esta actividad en Norteamérica se remontan a la mitad del siglo XIX, casi coincidiendo con el comienzo de la moderna protección del Patrimonio Históricoonio histórico en naciones europeas como Francia y España. En la década de 1850, grupos de ciudadanos de Nueva Inglaterra (una región compuesta por los estados de Connecticut, Maine, Massachusets, New Hampshire, Rhode Island y Vermont) comenzaron a impedir la desaparición de ciertos edificios históricos debido a la asociación de los inmuebles con patriotas de la Guerra de Independencia, sobre todo con George Washington. La intención de estos "pioneros" era utilizar los edificios para inspirar patriotismo en el público y enseñar historia nacional a la juventud. Las ideas y el comportamiento de los nuevo ingleses influyeron a todo el país, incluyendo a los tejanos quienes, desde la década de 1880, comenzaron también a asociarse para proteger sus lugares históricos.

Como no podía ser de otra manera, San Antonio y sus alrededores estuvieron entre los primeros lugares considerados dignos de protección, y entre las acciones que se emprendieron para conservar su patrimonio destacaron las campañas por salvar El Álamo. Entre 1883 y 1905, dos asociaciones de ciudadanos, The Alamo Monumental Society y The Daughters of the Republic of Texas, lograron que el Estado comprase la iglesia y las ruinas de la misión a su propietario particular para que, una vez restauradas, se pusiesen a disposición del público como un santuario conmemorativo de la batalla y del sacrificio de los que allí murieron. Años atrás, concretamente entre 1883 y 1900, las Daughters y una asociación de veteranos de guerra denominada The Texas Veterans Association también habían convencido a los gobernantes estatales para que comprasen el terreno donde había tenido lugar la última y decisiva batalla de la guerra de independencia tejana, la batalla de San Jacinto (1836). Ambas organizaciones transformaron el lugar en un parque público plagado de monumentos conmemorativos.

En aquellos primeros momentos, el concepto de "Patrimonio Histórico" que se manejaba en Tejas era tremendamente vago. Por ejemplo, los tejanos veneraban un terreno virgen como San Jacinto simplemente por haber sido un campo de batalla y, en cambio, desdeñaban auténticos vestigios históricos como los restos arqueológicos. En efecto, mientras en Europa la arqueología desempeñaba un papel clave en la emergencia del movimiento protector del patrimonio, su papel en Tejas fue nulo. Esta paradoja se entiende fácilmente desde el nacionalismo imperante en la época. Los europeos excavaban la tierra porque debajo se encontraban los restos de sus gloriosos antepasados. Sin embargo, los blancos y anglosajones tejanos no tenían ninguna motivación para identificarse con la cultura material de los primitivos habitantes del estado: indios e hispanos. Ambos pueblos, además de ser considerados unas culturas ajenas e inferiores, habían sido los antiguos enemigos de la ocupación y dominación anglosajones.

Otro importante detalle que hasta los años sesenta diferenció la protección del Patrimonio Histórico en Estados Unidos fue el escaso interés que los Gobiernos federal y estatal demostraron hacia esta actividad. De nuevo sucedía lo contrario que en países como España y Francia, donde era el Estado central quien casi siempre promovía dicha protección. Los estadistas norteamericanos, en cambio, se desentendieron del Patrimonio Histórico por varias razones. La primera fue que durante el siglo XIX el país estaba centrado en su crecimiento territorial y económico, sinónimo entonces de "progreso". Por consiguiente, la conservación del Patrimonio Histórico jamás podría haber estado entre las prioridades nacionales. La segunda fue que tampoco había demasiado que proteger; al fin y al cabo la presencia del hombre blanco era muy reciente (sobre todo en estados del Oeste como Tejas) y no había pasado suficiente tiempo para que sus restos materiales alcanzasen una antigüedad venerable. La tercera razón fue que la mayoría de estos restos pertenecían a particulares y, al ser el respeto a la propiedad privada uno de los fundamentos de la democracia norteamericana, los Gobiernos federal y estatal no tenían capacidad para expropiar bienes históricos. La última razón fue que el sistema de Gobierno norteamericano era y sigue siendo federal, es decir, descentralizado. Esta circunstancia refleja la tradición democrática del país y la barrera física que suponen las grandes distancias entre los estados y la capital federal. Por lo tanto los estadistas norteamericanos jamás quisieron aspirar, como sus homólogos franceses o españoles, a controlar con un única y poderosa administración todas las actividades del país.

Estas razones hicieron que no fuese el Estado sino una serie de organizaciones privadas formadas por miembros de las clases medias las que originasen en EE.UU. el movimiento protector del Patrimonio Histórico. Estas clases medias gozaban del suficiente dinero, educación y tiempo libre para dedicarse al patrimonio (el voluntariado y la participación ciudadana están muy arraigados en las democracias anglosajonas), y, consecuentemente, su ideología nacionalista y patriótica empapó las actividades de esta primera época. A lo más que llegaron los estadistas tejanos fue a comprar durante las primeras décadas del siglo XX ciertos lugares históricos como, por ejemplo, Washington-on-the-Brazos (lugar de la firma en 1836 de la Declaración de Independencia de Tejas) para abrirlos al público como "parques históricos", un curioso concepto que mezclaba lo lúdico y lo cultural. Equivocadamente, los funcionarios estatales creían que una vez comprado un lugar histórico su supervivencia ya estaba garantizada y que su mantenimiento era algo secundario. De esta suerte los parques no fueron inicialmente centros difusores de cultura sino meras áreas recreativas, los vestigios históricos no fueron restaurados, y las instalaciones permanecieron deterioradas y poco atractivas para los visitantes durante décadas.

La organización que inauguró la etapa moderna de la protección del Patrimonio Histórico en Tejas fue la San Antonio Conservation Society, fundada en 1924. Aunque también se trataba de una organización de voluntarios amateurs de clase media, su filosofía de trabajo se adelantó a todo lo que hasta entonces se venía realizando en el estado. En primer lugar porque, al igual que en Europa, los miembros de la Conservation Society salvaban edificios históricos por valores intrínsecos tales como su mérito artístico o el ser ejemplo de un período o estilo. Y en segundo lugar, porque la sociedad nunca se interesó por proteger lugares históricos aislados sino por conservar San Antonio como un todo histórico, natural, estético, folklórico, social y cultural. Más cercana a una ciudad europea que norteamericana, San Antonio se ha distinguido tradicionalmente del resto de las homogéneas urbes tejanas por conservar vivo tanto su contexto arquitectónico (el centro histórico) como social (sus tradiciones y folklore de raigambre hispana). Por eso sus dos fundadoras, Emily Edwards y Rena Maverick, comprendieron con muchos años de antelación respecto a otras áreas de Norteamérica que para proteger coherentemente los edificios antiguos era necesario preservar también el contexto dentro del cual estos tienen sentido.

En sus casi ochenta años de historia, la San Antonio Conservation Society no solo ha contribuido decisivamente a la conservación del patrimonio de la ciudad, sino que también han despertando la conciencia pública sobre la necesidad de proteger los vestigios históricos y culturales.(6) Al sentirlo como parte de su identidad, los habitantes de San Antonio han integrado el Patrimonio Histórico en su vida ciudadana y no han dejado de colaborar en su preservación. Por ejemplo, la Conservation Society organiza regularmente actividades sociales y actos públicos tanto para darse a conocer y obtener fondos para sus proyectos, como para conservar la atmósfera popular de San Antonio. El más famoso de estos eventos es "A Night in Old San Antonio", un festival de primavera que desde 1947 se celebra durante la semana de fiestas de la localidad (Fiesta Week). Hoy en día no menos de cuatro mil voluntarios participan en cada una de las cuatro noches del festival, cuyos beneficios alcanzan aproximadamente setecientos mil dólares anuales y convierten a "A Night in Old San Antonio" en el acontecimiento nacional que más fondos recauda destinados a la protección del Patrimonio Histórico.(7) Los grandes resultados del trabajo de la Society (no en vano es una de las principales responsables del éxito cultural y turístico de San Antonio) han hecho de ella una organización conocida y respetada en los Estados Unidos.

Como las organizaciones privadas se hacían cargo del Patrimonio Histórico, el Estado se desentendió del mismo hasta muy entrado el siglo XX. En el caso de Tejas, la primera vez que los burócratas comenzaron a sentirse responsables del patrimonio fue durante la Gran Depresión de los años treinta. Una de las soluciones más imaginativas que se idearon para aliviar el desempleo producido por la crisis fue la puesta en marcha, dentro de la política del New Deal, de una serie de programas que contrataban a arquitectos, historiadores, archiveros y obreros técnicos con el doble objetivo de proporcionarles trabajo y, a la vez, investigar y recuperar de la desidia los lugares y documentos históricos del país. Esta fue la primera vez que el Gobierno federal se involucró en una política nacional de protección del Patrimonio Histórico. A esta iniciativa hubo que añadir la circunstancia de que el estado de Tejas conmemoraba en 1936 su centenario y, para celebrarlo, los gobernadores Miriam A. Fergurson (1933-35) y James V. Allred (1935-39) lanzaron por primera vez un programa estatal de protección histórica. Los políticos tejanos consideraban que sería un signo de madurez cultural el recuperar las construcciones y objetos históricos del estado, de ahí que fusionasen los programas de socorro del New Deal con el presupuesto del Centenario para dar unidad y coherencia a los fragmentados esfuerzos que realizaban las agencias públicas y asociaciones privadas.

Pese a que se mejoraron y restauraron una gran cantidad de parques y lugares históricos en un espacio de tiempo muy breve, las experiencias del Centenario y del New Deal fueron, en general, fallidas porque las razones que motivaron a proteger el Patrimonio Histórico eran temporales. Las agencias del New Deal sólo pretendían socorrer con cualquier trabajo útil a la población desempleada por la depresión, y el Centenario, por su parte, sólo aspiraba a rendir honores a Tejas durante un único año. Por eso nadie previó atender las necesidades que el patrimonio tendría en el futuro. Cuando el Centenario concluyó y la Segunda Guerra Mundial interrumpió la llegada de dinero federal, las labores de protección y recuperación del patrimonio se detuvieron de pronto, y el trabajo realizado en años anteriores rápidamente se deterioró. La experiencia, empero, tuvo una consecuencia positiva: demostró que, como se sabía en Europa desde hacía un siglo, sólo la iniciativa del Estado puede garantizar una eficaz protección del Patrimonio Histórico. Afortunadamente, el camino que se tenía que seguir había quedado trazado ya: crear agencias estatales con competencias exclusivas en patrimonio, desarrollar un conjunto unificado de direcciones y objetivos, e invertir suficiente dinero público para costear los altos gastos de los proyectos. Tras el lógico parón que supuso la Segunda Guerra Mundial, los gobernantes tejanos comenzaron a trabajar para conseguir todo esto.

En 1949 se dio el primer paso al centralizar la dirección de los parques históricos en un único organismo llamado State Parks Board. Como esta junta no podía intervenir en las propiedades privadas, se requería de otra agencia que se ocupara de la conservación de aquellos vestigios históricos que no estuviesen en manos del Estado. De ahí la creación en 1953 del Texas State Historical Survey Committee. Con estas dos instituciones especializadas la situación dual del patrimonio tejano, repartido en propiedades públicas (las menos) y privadas (las más), encontraba así una solución de compromiso.

Aparte de esto, poco más se hizo en Tejas hasta la década siguiente. El Patrimonio Histórico continuó deteriorándose debido la escasa inversión de dinero y trabajo (hay que exceptuar la labor de algunas organizaciones privadas como la San Antonio Conservation Society), mientras que la explosión urbana de la época se llevaba por delante incontables edificios y otros vestigios materiales. Esta situación se comenzó a corregir a comienzos de los sesenta por dos razones. La primera fue el espectacular desarrollo de la industria turística, una circunstancia común con Europa y que reflejaba el bienestar económico que se vivía en Occidente tras la guerra. Tras percatarse del potencial que tenían los monumentos para atraer visitantes, los funcionarios tejanos comenzaron a desarrollar planes para rehabilitar el patrimonio que tenían bajo su control, es decir, los parques históricos.

La otra razón que impulsó el interés por el Patrimonio Histórico fue la emergencia durante los años sesenta de ciertas ideas progresistas debidas a los conflictos sociales que caracterizaron la época. Dos ideas fueron particularmente influyentes. La primera era un vago concepto que exigía el derecho de las ciudades a ser bellas. Esto era una lógica reacción a la sistemática destrucción de edificaciones antiguas que se venía produciendo desde el final de la guerra, y a su sustitución por construcciones frías y sin personalidad. La segunda era la lucha que ciertos pueblos oprimidos (fundamentalmente negros, indios e hispanos) mantenían por recuperar su dignidad. Una de sus reivindicaciones era el derecho a tener una Historia propia, y como para crearla apenas había fuentes -las escritas eran escasas y casi siempre producidas por anglosajones- se hizo necesario recurrir a los restos arqueológicos. Así, con un siglo de retraso respecto a Europa, la arqueología comenzó a valorarse en Tejas y Estados Unidos como un medio para investigar el pasado.

Estos motivos finalmente convencieron a la sociedad norteamericana de que la conservación del Patrimonio Histórico es una obligación pública, que exige una gran inversión de trabajo y dinero que no ha de estar sujeta a los vaivenes políticos, y de la que sólo el Gobierno nacional podía hacerse cargo. Por consiguiente, los gobernantes tuvieron que responder a estas nuevas demandas de los norteamericanos. El primer paso que dieron para crear una política nacional de patrimonio fue establecer en 1962 el Bureau of Outdoor Recreation con objeto de asistir a los estados individuales a desarrollar sus sistemas de parques históricos. Mucho más trascendental sin embargo fue la aprobación en 1966 de la National Historic Preservation Act, la primera ley nacional de conservación del Patrimonio Histórico, aún vigente hoy. Dos fueron sus principales aportaciones: el establecimiento de un programa nacional de protección para que fuera llevado a cabo por los estados, y la formulación de un claro conjunto de principios para dirigir la actividad en todo el país. El Act marcó el inicio de la era moderna de la conservación del patrimonio en Estados Unidos.

Acompañando a la nueva ley, el Gobierno federal destinó una abundante cantidad de dinero en forma de subvenciones para ayudar a los estados a financiar sus propios programas de gestión de patrimonio. Para poder recibirlas, cada estado debía cumplir con dos condiciones: tener agencias exclusivamente dedicadas al Patrimonio Histórico y contratar personal especializado para sus plantillas. En el caso concreto de Tejas, el impulso de la ley federal venía a añadirse al trabajo que espontáneamente se venía realizando desde varios años antes. Por ejemplo, en 1962 Tejas había puesto en marcha su primera política oficial de protección histórica: el programa RAMPS (Record, Appreciate, Mark, Preserve, and Survey). No obstante, lo que realmente consiguió la National Historic Preservation Act fue hacer permanente el sistema dual de protección histórica que existía en el estado, dividido en una agencia encargada de las propiedades públicas (el Texas Parks and Wildlife Department, fundado en 1963 para sustituir al State Parks Board) y otra de las privadas (el Texas State Historical Survey Committee, renombrado Texas Historical Commission en 1973). Con dos sólidas instituciones funcionando y con los claros objetivos señalados por la ley federal, el patrimonio tejano también entró definitivamente en la modernidad.

El resultado ha sido que a partir de finales de los años sesenta, la protección histórica en Tejas ha alcanzado un nivel que la ha situado entre las punteras del país. Los profesionales del Texas Parks and Wildlife Department, por ejemplo, se lanzaron con entusiasmo a modernizar el sistema de parques históricos. Para hacerlo, se convirtió en norma obligatoria la preparación de un plan de desarrollo para cada parque. Su avance ha sido muy lento y no siempre afortunado debido al siempre insuficiente dinero y personal, y a diversas crisis económicas y organizativas de la agencia. Aún así el estado de los parques históricos mejoró considerablemente: los edificios e instalaciones están hoy en excelentes condiciones, las restauraciones y reconstrucciones están hechas de acuerdo a criterios científicos, y su rentabilización económica complementa con relativo éxito las inversiones de capital público. Gracias a este proceder, los parques interpretan la historia del estado de manera más clara, siendo especialmente delicados con las necesidades e intereses específicos de ciertos grupos de población, en especial las siempre sensibles minorías étnicas. Buena prueba del éxito con que acercan los parques históricos la Historia al heterogéneo público tejano es que el Parks and Wildlife Department tiene actualmente funcionando una amplia red de voluntariado que, aparte de involucrar la participación del público en la conservación del patrimonio, ayuda a la agencia a ahorrar dinero en personal.

Por su parte, la Texas Historical Commission también ha tenido también bastante éxito en su labor. Su mayor logro ha sido la realización de un programa global de localización, señalización e inventarización de los lugares históricos del estado. Asimismo, la Commission mantiene una red local de protección del Patrimonio Histórico en los 254 condados del estado, divulga información profesional por medio de publicaciones y congresos, declara "barrios históricos" a los entornos históricos más sobresalientes del estado, y organiza excavaciones arqueológicas. En lo referente a esta última actividad, la promulgación del Texas Antiquities Code en 1969 es un referente fundamental. Esta ley por fin convirtió la protección del patrimonio arqueológico en Tejas en una política oficial. El dinero público comenzó así a llegar, y con él se ha podido desarrollar un programa que ha prevenido la destrucción de innumerables yacimientos y que ha convertido a la investigación arqueológica en una práctica habitual en el estado.

Todos estos brillantes resultados han convertido a Tejas en un líder reconocido en la protección del Patrimonio Histórico norteamericano y en un modelo de organización. Buena prueba de ello es que fue uno de los pocos estados elegidos a principios de los años ochenta para iniciar el programa Main Street, un ambicioso proyecto del Gobierno federal que lleva veinte años recuperando los centros históricos de las ciudades norteamericanas. La novedad de este programa radicó en que, aparte de restaurar arquitectónicamente los edificios, se procura revitalizar la actividad comercial e industrial original de la zona. El programa ha mejorado el estado general de muchas ciudades, las ha hecho más atractivas, y las ha hecho revivir con nuevas actividades. Se reconocía así, seis décadas después, la contribución de la San Antonio Conservation Society: las áreas que conservan su Patrimonio Histórico constituyen un signo de identidad para sus habitantes y son un lugar atractivo para llevar a cabo todo tipo de actividades, incluidas las económicas.

Pero el concepto de contexto histórico aún se llevó más allá en Tejas. A pesar de que ni mucho menos tiene el estado la variedad regional que caracteriza a la mayoría de las naciones europeas, todavía es posible identificar en él algunos territorios con características culturales propias, como es el caso de la famosa frontera entre Tejas y Méjico, cuna de la cultura "Tex-Mex". Muchos profesionales se dieron cuenta de que para conservar la identidad regional de esa zona había que empezar por su patrimonio histórico, y eso se tradujo a finales de la década de los ochenta en un nuevo y ambicioso programa de llamado "Los Caminos del Río". Además de proteger la arquitectura tradicional de la zona, este proyecto está revitalizando un área económicamente deprimida, desarrolla entre las poblaciones de la zona un nuevo orgullo por su herencia cultural, y está creando destinos turísticos de alta calidad en localidades que habitualmente no atraían a los visitantes.

La aparición en los noventa de este nuevo "turismo cultural" basado en los barrios o las regiones históricas (un hecho que, curiosamente, coincidió con la explosión del turismo de "interior" o "rural" aquí en España) está indicando que el futuro de la protección del Patrimonio Histórico en Tejas pasará por la combinación más o menos afortunada de dos procesos: la recuperación de los entornos naturales y culturales, y su rentabilización económica. En esta idea están basados los dos proyectos más importantes que se están desarrollando actualmente en el estado: el Entrepreneurial Budget System y el Texas Cultural Heritage Plan. El primero aspira a gestionar los parques históricos como empresas privadas, ya que sus necesidades económicas han crecido tanto que ni el dinero público es capaz de sufragarlas. A largo plazo se pretende mejorar los servicios que se ofrecen, promover el trabajo de voluntarios, y hacer que el sistema sea económicamente autosuficiente.

El segundo gran proyecto, el Texas Cultural Heritage Plan, pretende nada menos que convertir el sistema de protección histórico tejano en el mejor del país, aunque el uso -nada casual- de la palabra "cultural" dice a las claras que sus intereses rebasan ya los límites de lo histórico. De hecho, en el proyecto se especifica que el objetivo último es mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Estas ambiciosas metas están produciendo un fenómeno muy interesante: la progresiva coordinación de todas las iniciativas protectoras del Patrimonio Histórico en Tejas, tanto públicas como privadas. Esto no suponía nada nuevo ya que programas como "Main Street", "Los caminos del río" y otros precisaron de tanto trabajo y dinero que fue necesario combinar las plantillas y presupuestos de todo tipo de organizaciones. Este desarrollo espontáneo de colaboraciones que se ha venido produciendo desde los ochenta es lo que el Texas Cultural Heritage Plan trata ahora de consolidar por medio de una ley que se tramita actualmente en el parlamento de Tejas. Por ahora se está consiguiendo corregir que las funciones de patrimonio estén artificialmente divididas entre Parks and Wildlife y el Texas Historical Commission. El acuerdo que ambas agencias firmaron en 1996 ha puesto las bases de una colaboración y unificación de objetivos que la futura ley del Heritage Plan hará permanente.

Las dos fuertes apuestas que suponen el Entrepreneurial Bugdet System y el Texas Cultural Heritage Plan llevarán la protección del Patrimonio Histórico en Tejas hacia una nueva dimensión. Aunque sus espectaculares objetivos son perfectamente alcanzables, el optimismo ha de ser moderado por dos razones. La primera es que Tejas es actualmente el estado número treinta y siete de Estados Unidos en inversiones de patrimonio, así que una deficiente e irregular financiación o una repentina falta de apoyo público o privado puede dar al traste con el más ambicioso de los proyectos. Y la segunda es que los norteamericanos caen fácilmente en el vicio de la comercialización, y existe el peligro cierto de que al pretender hacer los parques económicamente rentables, muchos lleguen a convertirse en algo parecido a parques temáticos tipo Disneylandia, más interesados en atraer turistas con espectáculos o contenidos frívolos que en transmitir conocimientos. De lo que no cabe ninguna duda es de que si no se dan ninguno de estos problemas, el trabajo que van a llevar a cabo en Tejas los profesionales del Patrimonio puede suponer la vanguardia de la protección histórica en los Estados Unidos del siglo XXI.

Entre las compras en 1883 de San Jacinto y de El Álamo y el Texas Cultural Heritage Plan del año 2000, cinco han sido las causas que han motivado cronológicamente a los tejanos a proteger su patrimonio histórico: aprender lecciones del pasado (educación), disfrutar de un entorno (recreación), estimular la imaginación y creatividad (inspiración intelectual), rehabilitar etnias y grupos sociales discriminados (dignificación social), y ganar dinero (rentabilización económica). Varios de estos comportamientos han sido respuestas tejanas a necesidades exclusivamente tejanas, pero también ha quedado demostrado que al estar ideológicamente aislados de Europa en cuestiones de Patrimonio Histórico, los tejanos -y los norteamericanos por añadidura- han llegado con décadas e incluso un siglo de retraso a conclusiones conocidas al otro lado del Atlántico. Por eso tenemos que ser conscientes de que puede estar sucediéndonos lo mismo aquí en España, es decir, que por falta de contacto o interés desconozcamos las contribuciones con las que los estadounidenses han hecho avanzar la disciplina.

En el caso concreto de Alcalá de Henares, nos sería muy conveniente y beneficioso asimilar tres conductas comunes en Tejas que ayudarían inestimablemente a poner en valor el Patrimonio Histórico de la ciudad. La primera sería mejorar su rentabilización económica con nuevas técnicas empresariales y comerciales que contribuyan a pagar sus altos costes de mantenimiento, y que hagan fomentar entre la gente un sano sentimiento a favor de su conservación. En España asombra la capacidad de los norteamericanos de sacar partido económico a su limitado Patrimonio Histórico, como en el caso de San Antonio. En este sentido hay mucho que aprender de programas como Main Street y de organizaciones como la San Antonio Conservation Society. Del primero hemos de reconocer que fomentar actividades económicas en los centros históricos de las ciudades es un excelente medio de autofinanciar su conservación y de evitar que se conviertan en lugares vacíos y sin vida. Y de la segunda tenemos que imitar iniciativas como su festival A Night in Old San Antonio, que lleva más de cincuenta años atrayendo turismo a la ciudad y movilizando a los sanantonianos para proteger y celebrar su herencia histórica. Afortunadamente, se comienzan a ver acciones de este tipo como son los recientes actos conmemorando la declaración de Alcalá de Henares como Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Es necesario ampliar y diversificar estas iniciativas con nuevas propuestas.

Lo segundo que hay que hacer es cuidar, además del entorno histórico y cultural, las infraestructuras que dan servicio a los visitantes y a los profesionales que llevan a cabo actividades económicas. En Alcalá hay una patente necesidad de equipamientos que es necesario subsanar. Y no se trata solamente de más restaurantes, locales nocturnos o de hoteles, sino de propuestas más arriesgadas como, por ejemplo, la construcción de un palacio de congresos. El entorno histórico y cultural de la ciudad, la cercanía a Madrid y su aeropuerto, y las excelentes vías de comunicación de las que ya goza la ciudad (tren y carreteras) harían de Alcalá un candidato perfecto para centrarse en la organización de convenciones, tal y como sucede en San Antonio.

Por último, sería extremadamente útil movilizar a la sociedad civil para que participara en la salvaguardia del Patrimonio Histórico, ya por medio del voluntariado ya por medio de organizaciones privadas tipo San Antonio Conservation Society. Es cierto que un país con tan escasa tradición democrática como el nuestro no verá surgir organizaciones ciudadanas de la noche a la mañana. El futuro sin embargo podría depender de ello; conservar el pasado exige enormes inversiones de trabajo y dinero que sólo estaría dispuesta a aportar una sociedad que sienta el Patrimonio Histórico como algo propio. Han pasado ya los tiempos en que su protección estaba monopolizada por los intelectuales. El culto a los grandes acontecimientos, grandes personajes, grandes estilos artísticos ya no justifica a los ojos de mucha gente la protección del Patrimonio Histórico. Este ha de desempeñar, en cambio, un propósito mucho más amplio en el que pueda participar toda la sociedad; concretamente, mantener vivos unos entornos, paisajes y formas de vida que den sentido a nuestra existencia, y si de paso nos ayuda a llenar nuestros bolsillos, mejor que mejor.

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ILUSTRACIONES


Ilustración 1: El Álamo, símbolo de Tejas y su monumento más visitado. Al fondo se aprecia el hotel Marriott, situado en pleno centro de San Antonio. Foto tomada de Andrew Samson, Texas Past, Austin (Tejas), University of Texas Press, 1997, p. 40.
Ilustración 2: Doce antiguas presidentas de la San Antonio Conservation Society se reúnen delante de la Wulff House, sede central de la organización, en 1983. Foto cortesía de la San Antonio Conservation Society.

Ilustración 3: Una vista del popular festival A Night in Old San Antonio, organizado anualmente por la San Antonio Conservation Society para recaudar fondos. Con más cien mil visitantes anuales, este evento es el mayor productor de dinero destinado a patrimonio en Estados Unidos. Foto tomada de Lewis F. Fisher, Saving San Antonio. The Precarious Preservation of a Heritage, Lubbock, Texas Tech University Press, 1996, p. 343.
Ilustración 4: Las excavaciones arqueológicas hoy son comunes en Tejas. En la imagen se ve a un equipo de arqueólogos de la Universidad de Tejas investigando un puesto militar mejicano de la guerra de independencia de 1836 antes de que una construcción se eleve en el solar. Foto tomada de Fisher, Saving San Antonio, p. 483.


NOTAS

1. Condé Nast Traveler, octubre 1992. Esta información está citada en Lewis F. Fisher, Saving San Antonio. The Precarious Preservation of a Heritage, Lubbock, Texas Tech Press, 1996, p. xii, n. 1.

2. El Álamo, junto con las otras cuatro misiones de San Antonio, es uno de los conjuntos de arquitectura colonial española más importantes de los Estados Unidos. El Palacio del Gobernador Español era una antigua residencia militar cuyas posteriores reutilizaciones transformaron casi por completo el aspecto original del edificio; fue restaurada y abierta como museo en 1931. La Villita es el barrio de origen colonial y mejicano que mejor se conserva en San Antonio; muy transformado durante el siglo XIX fue restaurado entre 1939 y 1941. El Paseo del Río (Riverwalk), por último, es una canalización artificial del río San Antonio construida en 1941 en cuyas orillas se ha desarrollado una floreciente zona turística formada por hoteles, restaurantes y locales de ambiente nocturno construidos imitando la arquitectura colonial española aunque con una estética kitsch.

3. Fisher, Saving San Antonio, p. 503.

4. An Evaluation of Expansion Opportunities for the Henry B. Gonzalez Convention Center, Washington, D. C., Urban Land Institute, 1995, pp. 8, 12, 13 y 18.

5. La información que viene a continuación está tomada de mi tesina de doctorado Un siglo de protección del patrimonio histórico de Tejas. La respuesta norteamericana a una necesidad universal, ejemplar archivado en el Departamento de Historia I y Filosofía de la Universidad de Alcalá, 1999. Este trabajo es la versión española de mi tesis de máster A Century of Historic Preservation in Texas, ejemplar archivado en la biblioteca de Southwest Texas State University (San Marcos, Tejas), 1998. Para facilitar su consulta, ambas obras están disponibles en mi página web http://www2.uah.es/histant/trujillo3b.htm.

6. Por ejemplo, gracias a las presiones de la Conservation Society en 1978 el gobierno federal declaró "monumento nacional" a las cuatro misiones de San Antonio. Asimismo, la Society logró que desde 1974 el ayuntamiento de la ciudad incluyese especialistas en Patrimonio Histórico en su plantilla.

7. Fisher, Saving San Antonio, 348.